lunes, 6 de febrero de 2012
EFRÉN EL PASTOR
viernes, 27 de mayo de 2011
DIFICULTAD
El silencio es un limpio y amplio espacio en el que poder escribir nuestras ideas. ¡Qué frase tan sugerente! Sugerente en el caso en que yo hoy tuviera alguna idea que pudiera desarrollar, esparcir en un papel recreándome en su exposición rodeándola con una buena historia.
Dado que mi estado de ánimo en esta época es más bien calamitoso, las historias serían de desamor y desencuentros, así que rebuscando en el pasado voy a emborronar este papel con la historia de una "dificultad". He mirado en un diccionario buscando un sinónimo de estreñimiento y únicamente viene ''dificultad'', claro que hay diferentes dificultades pero la mía concretamente es la dificultad de ir al baño. Por cierto este eufemismo de "ir al baño" enmascara defecar, deponer, evacuar y alguna más que eludo. Retomo la historia después de esta disquisición lingüística que podría alargar pero que considero suficiente.
Hallábame en una lejana isla de las Pequeñas Antillas, en Martinica, donde mi marido tenía una reunión de trabajo. Ante tan exótico viaje yo me haba pegado como una lapa y me fui con él. Varios compañeros con sus respectivas, por cierto, buenas amigas mías, formábamos un grupito dispuesto a empaparnos de los paisajes, la flora, la fauna, la gastronomía, la música del lugar.
– Si necesitáis algo yo llevo una maletita con medicinas para todo, cremas, etc. - nos dijo Ana, farmacéutica y previsora.
Transcurridos tres días acudí al maletín, bien surtido ¡vive Dios! Laxantes, micro enemas, antibióticos y demás. Pasados dos días más y agotadas las existencias del botiquín yo seguía con la "dificultad'; la dificultad se me había instalado inamovible, pertinaz, tozuda, terca, empecinada y me martirizaba. Grandes caminatas intentando que se fuera de donde tan cómodamente parecía instalada. La personifico porque para mí era alguien que me estaba fastidiando concienzuda e intencionadamente. La noche del quinto día hacia las tres de la mañana me desperté y me senté en el excusado, curiosa palabra, hermana de excusa. ¿Alguien se puede preguntar si yo necesitaba una excusa para estar a aquellas horas sentada en el excusado?
Media hora más tarde se despertó mi paciente marido que ante mi situación de escalofríos, sudoración y palidez me hizo una propuesta. En la mesilla en los hoteles de estos lugares hay siempre una vela en previsión de apagones producidos por fuertes tormentas. Mi marido me recordó que cuando nuestros hijos eran bebés y tenían ''dificultades" les introducíamos una cerilla mojada en aceite de oliva y aquello era mano de santo. Aquella vela afilada con una navajita podía convertirse en un buen desatascador, mi "dificultad" podía desaparecer en un momento, me lo dijo cariñoso y persuasivo. Yo comprendía su preocupación e impotencia ante la situación pero inmediatamente una escena imaginada pero posible se me vino a la cabeza. ¿Y si con la vela dentro me daba un espasmo muscular y tenía que venir un médico y yo con un cirio pascual en la culo (Sinónimos: trasero, pompi, posaderas, a elegir)? ¿Explicación? Ninguna, muchas veces la verdad es tan singular y estrafalaria que resulta increíble. Claro que también podía encender la vela y cuando viniera el galeno contarle que era una costumbre ancestral para alejar los malos espíritus antes de la coyunda. Ante esta perspectiva, mi sufridor marido cogió un taxi y se fue a un hospital o farmacia, no lo sé, y me trajo varios remedios ortodoxos. La ''dificultad' después de un rato largo, larguísimo, se fue no sin esfuerzo por mi parte. La felicidad me invadió.
A la mañana siguiente mis amigos me aplaudieron; desde entonces no hay dificultad que yo no sortee con pericia.
P. S. No tuve noticias de si las infraestructuras del hotel se resintieron
María Cruz Quintana
26/05/2011
sábado, 7 de mayo de 2011
Tiempo de verano
sábado, 23 de abril de 2011
La Ecografía
domingo, 17 de abril de 2011
MANUEL, MAESTRO, DAME UNA FRASE
– Manuel, maestro, dame una frase
– Ya no regalo frases - me contestó.
– Entonces, véndemela.
– Anda, búscate la vida - fue su respuesta.
Se había hartado de darme frases y yo sé que le sobran pero estaba reticente, inamovible en su decisión. No insistí pero me encontré desamparada. Adolezco de frases y las necesitó para comenzar mis relatos. Además me pareció injusto porque yo las uso y se las devuelvo sin faltas ortográficas, con la sintaxis perfecta y la semántica adecuada. Esas frases son como la batería de un coche, lo pone en marcha y llega a terrenos insospechados, imaginativos, donde las alegrías se hacen palabras, las angustias afloran y, rompiendo la tierra, ven el sol y son bañadas por la lluvia catártica, porque hasta los relatos más sencillos necesitan su frase sencilla para nacer. Como mi tierra está yerma y de mi hoy no puede germinar ni una brizna ni un rastrojo con sentido, he salido a la calle a buscar una frase para mi relato. Y aquí estoy, en un parque lleno de niños, mamás, adolescentes y viejos al primer sol de primavera, esperando una frase que me inspire.
– Ya está haciendo calor.
– Mi mujer tiene una hernia discal y la tienen que operar.
– ¡Niño, no tires piedras!
– El parto de mi Eduardito fue rapidísimo, con epidural, claro.
– El Barça hoy pincha con el Madrid, ya lo veréis.
Eran frases demasiado triviales, no me inspiraban nada para comenzar un relato. Manuel, maestro, ya podías haberme vendido una frase, ¿qué te costaba?, o habérmela alquilado y ahora yo estaría en mi casa llenando con palabras un papel en blanco.
Me he ido del parque bastante desanimada y he encaminado mis pasos hacia una calle comercial y concurrida. He reprimido mis ganas de parar a la gente y pedirles “Dígame algo” así que me limito a escuchar.
– Estaban muy rebajados, he comprado dos pares.
– Entremos en éste, creo que tienen buenas tapas.
– Me han contando que la tenía en un sin vivir a la pobre, por eso hizo lo que hizo.
Manuel, maestro ¡ya la tengo, ya tengo la frase que tu te has negado a venderme!, ¡y me ha salido gratis!. "¡La tenía en un sin vivir!" Si hubiera dicho "La tenía muerta a la pobre" no me hubiera servido. "Muerta" supone algo estático, sin embargo "sin vivir" me sugiere angustia, altos y bajos en un estado de ánimo, desesperación, desconcierto. Además, puedo utilizar in media res en mi relato.
Me voy a casa. Me espera un papel en blanco vacío de ideas, de palabras, de historia. Ya tengo el punto de partida.
María Cruz Quintana 17/04/2011
viernes, 8 de abril de 2011
LA GUERRA
Ocurrió en un jardín repleto de naranjos. La guerra había terminado, se acabó el olor a pólvora pero a Eduardo se le había quedado impregnado en el alma el olor a crueldad, desatino, muerte y miseria. Se sentó en un banco y olió el azahar. Era un olor de mujer dulce y fresco, un olor olvidado así como también olvidado estaba el latido de una mujer acompañando a su propio latido.
A su lado, en el banco, Eduardo había dejado todas sus pertenencias: un hatillo y una maleta vieja y desvencijada. Dos días en un tren hasta llegar allí, a su pueblo. Retrasaba la llegada a su casa donde su padre lo esperaba. Su hermano mayor había muerto en la batalla de... ¡Dios! Ya ni recordaba dónde fue, qué batalla, pero eso no importaba, su hermano había muerto.
Tenía que seguir un rato más allí oliendo la flor de los naranjos antes de enfrentarse a las lágrimas de su padre. Hasta ese momento no se había apercibido de la presencia de unos niños jugando a las guerras, corrían, se escondían tras los árboles y se "disparaban" apuntándose con el dedo. Eduardo abrió su maleta e hizo una pelota con una toalla vieja y una cuerda. Se la tiró a los niños al tiempo que les decía:
– Mirad aquí tenéis una pelota, no es de reglamento pero os a va servir para jugar a otra cosa.
Los niños entusiasmados se le acercaron, uno de ellos le dijo:
– Estábamos jugando a soldados. ¿Usted es soldado?
– Sí, bueno, he sido soldado.
– ¿Y por qué no lleva uniforme?
Eduardo recordó cómo en el tren había intercambiado su uniforme con un joven que le dio su chaqueta y los pantalones, algo cortos para él. Porque Eduardo necesitaba, anhelaba deshacerse de lo que durante tantos meses había sido su segunda piel, donde quedaban en los jirones de la tela las manchas pardas de su sangre y de otras, de otras sangres. Esas manchas habían endurecido la tela y le habían endurecido.
– ¿Usted es de los que han ganado o de los que han perdido?
Eduardo miró los ojos limpios del niño y prefirió no contestarle. ¿Cómo iba a decirle que todos habían perdido, que eso de que había que defenderse de ideas foráneas perversas era una patraña, que los poderes movían hilos de marionetas, que nada había más importante que las lágrimas de un padre, de un amigo, que detrás de una
guerra siempre había deseos subrepticios, detrás de la palabra justicia frecuentemente no había nada.
Volvió a oler el azahar de los naranjos y miró a los niños que jugaban a la pelota.
Una camioneta pasó por la plaza, con música militar y un megáfono desde donde se animaba a los lugareños a que salieran a la calle a celebrar que la guerra había terminado, que la victoria era irreversible. Los niños dejaron la pelota y corrieron detrás de los soldados jaleándolos.
Eduardo recogió su maleta y el hatillo y se dirigió a su casa. Al pasar por delante del ayuntamiento un soldado pegaba en la fachada un papel. La gente que momentos antes había desoído el llamamiento patriotero del megáfono salía ahora de sus casas. Parejas de ancianos, mujeres jóvenes con niños en sus brazos, hombres solos, mujeres solas se acercaban al Ayuntamiento, sin y con premura, como el que atraído por el espectáculo de un fuego se aproxima a él con miedo y prevención. Eduardo supuso que era la lista de los muertos o desaparecidos en la última batalla. Entre los que formaban ese séquito de temor y esperanza estaba su padre, encorvado, arrastrando los pies y seguido por un chucho callejero.
– ¡Padre!
Todos los hombres se volvieron hacia él y Eduardo vio sus caras, dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos casi en cruz, sólo su padre se le acercaba pero él hubiera querido ser el hijo de todos y cada uno de ellos.
María Cruz Quintana 05/04/2011