lunes, 6 de febrero de 2012

EFRÉN EL PASTOR

           Laura, se había levantado serena. El sol en su plenitud lo inundaba todo con sus rayos dorados. Era uno de esos días, propicios para pintar. Desayunó y subió hasta el desván, donde tenía el taller de pintura. Era una estancia espaciosa, llena de luz, con grandes estanterías blancas, como la pared, donde aparecían cuidadosamente ordenados, tarros, pinturas, pinceles y trapos. Todo estaba diáfano. En la habitación, sólo un gran caballete frente a la ventana, exhibía un lienzo en blanco. Nada más subir, se quedó mirando al horizonte intentando inspirarse y casi de forma instintiva, llenó su paleta con pequeñas porciones de óleo, cual pequeños merengues en todos los colores, y llena de una extraña fuerza interior, que los artistas llaman  inspiración, empezó a distribuir tonalidades vivas, por el lienzo, siguiendo un extraño impulso. Sus pinceladas, eran cada vez más sueltas, largas y expresivas, nada que ver con su estilo hiperrealista y minucioso, conseguido con pequeños toques, muy trabajados.
Ebria de color y arte y continuó pintando febrilmente, sin darse cuenta  del paso del tiempo. De pronto el sol empezó a languidecer y esconderse tras las colinas no muy lejanas. Sólo en ese momento Laura se dio cuenta que ni siquiera había comido, llevaba ocho horas trabajando sin descanso y sin embargo, no sentía ni hambre, ni cansancio, se encontraba plena de satisfacción, le gustaba lo que estaba saliendo de sus manos, era como el fruto de emociones contenidas, que sin saber por qué, ahora fluían de una forma natural.
Durante largo rato, se quedó mirando su obra inacabada, y sintió desasosiego, había intentado copiar, el paisaje que vislumbraba desde su ventana, pero… Lo que había realizado, le parecía, una idea, plagiada, y que sedimentada en su alma, hoy, cual magma incandescente hubiera brotado sin freno.
Bajó a la cocina, se preparó un bocadillo y salió a dar un paseo, por el bosque, para reflexionar sobre dónde había visto antes, una obra similar y quién era el autor. Al llegar a la fuentecilla y oír el rumor del reato, sintió sed, se acercó al caño, de donde brotaba un agua fría y cristalina, llenó con ella, la palma de sus manos y llevándola a sus labios, calmó su ansia, luego, se sentó en la hierba apoyando la espalda en una roca, junto al corriente cantarina, que partía hacia la pradera. Aquel murmullo llenaba de paz su alma. Le gustaba pasar el tiempo, viéndole serpentear entre las piedras de aquella ladera rocosa y formar pequeñas cascadas plateadas de luna, que ya, empezaba a salir,  y podía verse, reflejada en sus aguas, como en un espejo. Recostada en su duro lecho, empezó a recordar, casi ensoñar, sus años infantiles, cuando llegaba hasta aquel claro del bosque, con sus hermanos y mientras estos se entretenían jugando con la pelota, ella se iba a charlar con el viejo pastor Efrén, que le contaba historias  sobre cada una de sus ovejas de la que se sabía todos sus nombres y si había alguna recién nacida, se la ponía en sus brazos, con cariño y hasta le dejaba bautizarla con el agua del arroyuelo, nombrándola, su madrina y protectora. Ya adolescente, le gustaba escuchar viejas leyendas que él sabía sobre aquellos lugares. De pronto recordó una charla muy especial.
-Hija, la vida es como la naturaleza, a cada etapa de nuestra existencia, le corresponden el espíritu y los colores  con los que se viste ella, en las cuatro estaciones.
-La niñez, es la primavera de la vida, con sus tonos pastel. El blanco de la jara, son las nubes de sus tiernos sueños, con caricias y mimos. El malva pálido de las violetas, simbolizan sus pequeños temores, ante lo desconocido, el amarillo de los girasoles, su necesidad de calor y ternura, la gama de los rosados de las azaleas o las orquídeas,  la dulce alegría de sus juegos.
La juventud, es la plenitud, de la existencia como, el verano. Si tuviéramos que representarla, sería con el rojo, reflejo del estallido de vida y la pasión. Como las amapolas o las frutas del bosque. Igual que el ardor que fluye, dentro del corazón de los jóvenes, el violáceo de los lirios y de las campanillas, es el tono de sus primeros desengaños amorosos y el verde de las ciruelas, en sazón, la esperanza que  mueve a los que tienen, toda una vida por delante.
En la madurez igual que en el otoño, predominan los tonos, marrones de las hojarascas y son como las personas que tienen ya el corazón seco, por los golpes de la vida; pero, hay  hojas que se mantienen aferradas a sus árboles, aún verdes, aunque irisadas en amarillo, son similares a todos los  que luchan por conservar intactos sus proyectos e ilusiones,  sintiéndose jóvenes y emprendedores, al margen de lo que diga su carnet de identidad
El invierno, es la última estación, la vejez en la vida. Esta es blanca, como la nieve de las cumbres, que ocultan sus erguidos picos, o las ambiciosas ilusiones humanas, pero en la naturaleza, también  ven los tonos pétreos-verdosos, de las rocas con musgo, sobre las que resbaló el hielo, porque ellas, fueron más fuertes, que él, o jardines tardíos en flor, llenos de dalias, ciclámenes y pensamientos. En la vida, también hay muchos ancianos que nos transmiten, los colores cálidos de su sabiduría, y ganas de vivir. Son como islas en el tormentoso  mar existencial. Hay quien se empeña en ver a la vejez y al invierno sólo en tonos fríos y tristes, son los egoístas o los apáticos, que se encierran en su iglú, sin salir y por eso se pierden la majestuosa belleza de esta estación y su hermoso colorido, que también lo tiene... ¡Hasta la nieve te quema si la tomas en la mano!
A ti que tanto te gusta pintar, si un día, representas la vida, no te olvides de lo que hoy te estoy diciendo y utiliza los tonos alegres y vivos en todas las etapas.
Respiró tranquila ¡su cuadro, no era ningún plagio! Era el recuerdo de la descripción paralela que entre las estaciones y la existencia humana, que le había hecho Efrén, hace años.
El río, jugaba con los cantos y el aire con las hojas secas y las verdes ramas de los pinos, y su murmullo, evocó a Vivaldi en el corazón de Laura.


Marisol Picarzo Cano
Madrid a 6 del 2 de 2012            

viernes, 27 de mayo de 2011

DIFICULTAD

El silencio es un limpio y amplio espacio en el que poder escribir nuestras ideas. ¡Qué frase tan sugerente! Sugerente en el caso en que yo hoy tuviera alguna idea que pudiera desarrollar, esparcir en un papel recreándome en su exposición rodeándola con una buena historia.


Dado que mi estado de ánimo en esta época es más bien calamitoso, las historias serían de desamor y desencuentros, así que rebuscando en el pasado voy a emborronar este papel con la historia de una "dificultad". He mirado en un diccionario buscando un sinónimo de estreñimiento y únicamente viene ''dificultad'', claro que hay diferentes dificultades pero la mía concretamente es la dificultad de ir al baño. Por cierto este eufemismo de "ir al baño" enmascara defecar, deponer, evacuar y alguna más que eludo. Retomo la historia después de esta disquisición lingüística que podría alargar pero que considero suficiente.


Hallábame en una lejana isla de las Pequeñas Antillas, en Martinica, donde mi marido tenía una reunión de trabajo. Ante tan exótico viaje yo me haba pegado como una lapa y me fui con él. Varios compañeros con sus respectivas, por cierto, buenas amigas mías, formábamos un grupito dispuesto a empaparnos de los paisajes, la flora, la fauna, la gastronomía, la música del lugar.


Si necesitáis algo yo llevo una maletita con medicinas para todo, cremas, etc. - nos dijo Ana, farmacéutica y previsora.


Transcurridos tres días acudí al maletín, bien surtido ¡vive Dios! Laxantes, micro enemas, antibióticos y demás. Pasados dos días más y agotadas las existencias del botiquín yo seguía con la "dificultad'; la dificultad se me había instalado inamovible, pertinaz, tozuda, terca, empecinada y me martirizaba. Grandes caminatas intentando que se fuera de donde tan cómodamente parecía instalada. La personifico porque para mí era alguien que me estaba fastidiando concienzuda e intencionadamente. La noche del quinto día hacia las tres de la mañana me desperté y me senté en el excusado, curiosa palabra, hermana de excusa. ¿Alguien se puede preguntar si yo necesitaba una excusa para estar a aquellas horas sentada en el excusado?


Media hora más tarde se despertó mi paciente marido que ante mi situación de escalofríos, sudoración y palidez me hizo una propuesta. En la mesilla en los hoteles de estos lugares hay siempre una vela en previsión de apagones producidos por fuertes tormentas. Mi marido me recordó que cuando nuestros hijos eran bebés y tenían ''dificultades" les introducíamos una cerilla mojada en aceite de oliva y aquello era mano de santo. Aquella vela afilada con una navajita podía convertirse en un buen desatascador, mi "dificultad" podía desaparecer en un momento, me lo dijo cariñoso y persuasivo. Yo comprendía su preocupación e impotencia ante la situación pero inmediatamente una escena imaginada pero posible se me vino a la cabeza. ¿Y si con la vela dentro me daba un espasmo muscular y tenía que venir un médico y yo con un cirio pascual en la culo (Sinónimos: trasero, pompi, posaderas, a elegir)? ¿Explicación? Ninguna, muchas veces la verdad es tan singular y estrafalaria que resulta increíble. Claro que también podía encender la vela y cuando viniera el galeno contarle que era una costumbre ancestral para alejar los malos espíritus antes de la coyunda. Ante esta perspectiva, mi sufridor marido cogió un taxi y se fue a un hospital o farmacia, no lo sé, y me trajo varios remedios ortodoxos. La ''dificultad' después de un rato largo, larguísimo, se fue no sin esfuerzo por mi parte. La felicidad me invadió.


A la mañana siguiente mis amigos me aplaudieron; desde entonces no hay dificultad que yo no sortee con pericia.


P. S. No tuve noticias de si las infraestructuras del hotel se resintieron



María Cruz Quintana


26/05/2011

sábado, 7 de mayo de 2011

Tiempo de verano

Había sucedido hace  algún tiempo, después solo quedó “soledad y hastío” en su vida.

Se trataba de una mañana espléndida, llena de luz en su inicio, Germán  había propuesto a Laura salir al mar, de eso hacía algunos años, solían hacer juntos submarinismo durante el verano.

La lancha que les llevaba a su punto de destino transportaba a otras tres parejas más y a Ángel el monitor;  tras las consabidas indicaciones,  se agruparon  tras él, que buceaba ligeramente adelantado de los demás.

Súbitamente a Laura que ocupaba la última posición del grupo detrás de Germán, no se le ocurrió otra cosa que tratar de ascender a la superficie hacía un punto de luz que se divisaba en la gruta en la parte superior de donde se encontraban, al parecer le estaba faltando oxigeno y necesita salir a la superficie a respirar.

Germán tardó unos instantes en percibir que Laura no le seguía, no podía haber transcurrido demasiado tiempo, rápidamente trató  de localizarla, se había presentado un movimiento continuo en el fondo del mar a consecuencia de la inesperada tramontana.

Por fin pudo apreciar que el hueco por el que se percibía un pequeño haz de luz, se encontraba taponado con el cuerpo de Laura, aún tardo unos segundos más en llegar hasta donde ella se encontraba, su traje de neopreno se encontraba desprendido a jirones como por un denodado esfuerzo de liberarse de las estrías de las rocas que la tenía atrapada.

Ya no era solamente el traje, sus caderas y sus piernas estaban ensangrentadas, trató de de ver por donde podía atraer su atención a fin de recibir de ella indicaciones de cómo poder ayudarla pero no era capaz de encontrar modo alguno. Le parecía que su cabeza se encontraba  desplomaba hacia adelante no dejando espacio alguno  por donde poder socorrerla.
  
Trató de liberar el cuerpo de Laura de las rocas colocando sus manos en medio, inmediatamente el efecto esperado comenzó a producirse, sus manos también sangraban. Sentía como si ella fuera quedándose sin vida, no sabia bien si a causa de la falta de respiración o por el denodado esfuerzo y la angustia que se tendría que estar librando en su interior. No alcanzaba a poder ofrecerla su mascarilla de oxigeno y al colocarlo en una de sus manos pudo comprobar que estaba inerte.

Tenia que avisar al resto del grupo para tratar de salir por otro sitio a la superficie y ver que se podía hacer desde arriba, la opción de extraerla hacia abajo, era misión imposible las rocas la habían atrapado dejándola  entrar, pero no dando opción alguna al retroceso a causa de las estrías dentadas que lo impedían.

La dejo allí y comenzó a dar brazadas desaforadamente con un terrible aleteo hasta que pudo divisar a lo lejos al grupo. Tardó todavía no sabía bien cuanto tiempo hasta darles alcance, cuando llegó les hizo entender que precisaba ayuda urgente para que todos le siguieran.

Cuando volvieron de nuevo a lugar donde la había dejado, Ángel tardó pocos instantes en comprobar que se encontraba sin vida.

De forma aparentemente cruel recuperaron su cuerpo como pudieron haciendo un estropicio enorme sobre el cuerpo yacente de la victima y juntos volvieron todos a la embarcación. Lo demás de la terrible historia ya os lo podéis imaginar por lo que os comentaba al comienzo de este relato.

A partir de aquel día ni su vida, ni el paso del tiempo, sufrieron modificación alguna, al menos perceptible para él.

CL110504tiempodeverano. 
Rafael Moreno Horcajada
  

sábado, 23 de abril de 2011

La Ecografía


No hay duda dijo el ginecólogo cuando terminó de reconocer a Rosa, estás embarazada de cuatro meses.
Doctor, pero si yo estaba sin cuidado, si usted sabe que tengo cuarenta y cuatro años.
Pués se ve que tu organismo reacciona de manera joven.
¡Uy, cuando se lo cuente a mi Juan!
Y te comento añadió el doctorque creo que es un machote.
¡Uy, con dos niñas mocitas que tengo ya, cómo se lo digo! ¡ Uy, doctor!,  por qué no me ayuda y le citamos aquí, yo le aguardo en la sala de espera y usted se lo cuenta.
Esto que me pides no es muy normal que yo lo haga, pero dado que os conozco tanto, llámale a ver si puede venir y os recibo a los dos a las nueve. Y, toma, esta es la foto de tu primer hijo.
Qué no, doctor, que ya sabe que tengo otras dos hijas. Mi Luisita, de veintiuno, ya casada, y mi Ángela, de veinte.
Me refiero a que es tu primer varón. ¡Ay, que mujer!, anda, aguarda en la sala de espera.
Rosa volvió a la sala de espera, se puso a contar con los dedos los meses que ella consideraba que llevaba sin regla y comenzó a palparse el vientre con fuerza, ajena a las personas que la miraban extrañadas, se metió la foto en el pecho y murmuraba por lo bajo ¡Ay que dicen que eres un machote, pero el machote es tu padre!. Ea, y yo sin echar cuentas…
Y ya un poco mas calmada, miró y remiró el enjambre de rayas blancas sobre el cono invertido negro, y la semillita que aparecía en el centro, donde el doctor había hecho un punto. Y dando un suspiro, recordó la primera vez que había sentido a sus otras hijas dentro de sí, la ilusión que le hizo poder amamantarlas, el esfuerzo para que tomaran las papillas, las salidas al parque con el coche de paseo, el orgullo de madre cuando le decían que sus hijas eran guapas, los primeros balbuceos, las malas noches porque los bebés no entienden de horarios, la carrera para abrazar al padre cuando volvía del trabajo, la primera vez vestidas de flamencas en la feria, la comunión que la hicieron juntas porque iban muy seguidas, la ayuda en sus deberes del colegio, las rebeldías de adolescentes, la lucha por las faldas cortas, las noches de espera porque la juventud de ahora acostumbra llegar de madrugada, las malas y las buenas notas, el echar un capote en las regañinas del padre, el sufrimiento con aquel chico medio hippy que fue el primer novio de la mayor y que no les gustaba nada, la lucha diaria, sola con el trajín de la casa, las cuentas para estirar el sueldo del marido que era el único que entraba, por fin la reciente boda de la mayor…Y mientras recordaba todo esto en soledad, notó que su corazón se inundaba de un amor nuevo.
¡Ay mi alma, que Dios me dé fuerzas porque yo ya te quiero! Y el “te quiero” se escuchó en alto en la sala de espera, mientras Rosa guardaba la foto de la ecografía junto a su pecho.
Cuando ya no quedaba nadie más que ella, pensó que realmente no le hacían falta ayudas para decírselo a su marido, porque a ese amor nada ni nadie podría oponerse. Ya era héroe porque se  sentía MADRE con mayúsculas.
En ese momento apareció el marido y le dijo: Rosa, acaba de contármelo el doctor, eres la flor más bonita después de la Macarena. Y ahora explícame  ¿cual es el problema? Yo estoy hecho un toro, y el niño viene a su casa.Juan, cogiendo a su mujer por el brazo, comentó: nuestra casa se llenará de vida, seremos padres y abuelos casi al mismo tiempo. Gracias, doctor, quede usted con Dios, que nosotros  nos vamos a celebrarlo.
Carmen García Bueno
5 de abril de 2011.
 

domingo, 17 de abril de 2011

MANUEL, MAESTRO, DAME UNA FRASE

Manuel, maestro, dame una frase


Ya no regalo frases - me contestó.


Entonces, véndemela.


Anda, búscate la vida - fue su respuesta.


Se había hartado de darme frases y yo sé que le sobran pero estaba reticente, inamovible en su decisión. No insistí pero me encontré desamparada. Adolezco de frases y las necesitó para comenzar mis relatos. Además me pareció injusto porque yo las uso y se las devuelvo sin faltas ortográficas, con la sintaxis perfecta y la semántica adecuada. Esas frases son como la batería de un coche, lo pone en marcha y llega a terrenos insospechados, imaginativos, donde las alegrías se hacen palabras, las angustias afloran y, rompiendo la tierra, ven el sol y son bañadas por la lluvia catártica, porque hasta los relatos más sencillos necesitan su frase sencilla para nacer. Como mi tierra está yerma y de mi hoy no puede germinar ni una brizna ni un rastrojo con sentido, he salido a la calle a buscar una frase para mi relato. Y aquí estoy, en un parque lleno de niños, mamás, adolescentes y viejos al primer sol de primavera, esperando una frase que me inspire.


Ya está haciendo calor.


Mi mujer tiene una hernia discal y la tienen que operar.


¡Niño, no tires piedras!


El parto de mi Eduardito fue rapidísimo, con epidural, claro.


El Barça hoy pincha con el Madrid, ya lo veréis.


Eran frases demasiado triviales, no me inspiraban nada para comenzar un relato. Manuel, maestro, ya podías haberme vendido una frase, ¿qué te costaba?, o habérmela alquilado y ahora yo estaría en mi casa llenando con palabras un papel en blanco.


Me he ido del parque bastante desanimada y he encaminado mis pasos hacia una calle comercial y concurrida. He reprimido mis ganas de parar a la gente y pedirles “Dígame algo” así que me limito a escuchar.


Estaban muy rebajados, he comprado dos pares.


Entremos en éste, creo que tienen buenas tapas.


Me han contando que la tenía en un sin vivir a la pobre, por eso hizo lo que hizo.


Manuel, maestro ¡ya la tengo, ya tengo la frase que tu te has negado a venderme!, ¡y me ha salido gratis!. "¡La tenía en un sin vivir!" Si hubiera dicho "La tenía muerta a la pobre" no me hubiera servido. "Muerta" supone algo estático, sin embargo "sin vivir" me sugiere angustia, altos y bajos en un estado de ánimo, desesperación, desconcierto. Además, puedo utilizar in media res en mi relato.


Me voy a casa. Me espera un papel en blanco vacío de ideas, de palabras, de historia. Ya tengo el punto de partida.



María Cruz Quintana 17/04/2011

viernes, 8 de abril de 2011

LA GUERRA

Ocurrió en un jardín repleto de naranjos. La guerra había terminado, se acabó el olor a pólvora pero a Eduardo se le había quedado impregnado en el alma el olor a crueldad, desatino, muerte y miseria. Se sentó en un banco y olió el azahar. Era un olor de mujer dulce y fresco, un olor olvidado así como también olvidado estaba el latido de una mujer acompañando a su propio latido.


A su lado, en el banco, Eduardo había dejado todas sus pertenencias: un hatillo y una maleta vieja y desvencijada. Dos días en un tren hasta llegar allí, a su pueblo. Retrasaba la llegada a su casa donde su padre lo esperaba. Su hermano mayor había muerto en la batalla de... ¡Dios! Ya ni recordaba dónde fue, qué batalla, pero eso no importaba, su hermano había muerto.


Tenía que seguir un rato más allí oliendo la flor de los naranjos antes de enfrentarse a las lágrimas de su padre. Hasta ese momento no se había apercibido de la presencia de unos niños jugando a las guerras, corrían, se escondían tras los árboles y se "disparaban" apuntándose con el dedo. Eduardo abrió su maleta e hizo una pelota con una toalla vieja y una cuerda. Se la tiró a los niños al tiempo que les decía:


Mirad aquí tenéis una pelota, no es de reglamento pero os a va servir para jugar a otra cosa.


Los niños entusiasmados se le acercaron, uno de ellos le dijo:


Estábamos jugando a soldados. ¿Usted es soldado?


Sí, bueno, he sido soldado.


¿Y por qué no lleva uniforme?


Eduardo recordó cómo en el tren había intercambiado su uniforme con un joven que le dio su chaqueta y los pantalones, algo cortos para él. Porque Eduardo necesitaba, anhelaba deshacerse de lo que durante tantos meses había sido su segunda piel, donde quedaban en los jirones de la tela las manchas pardas de su sangre y de otras, de otras sangres. Esas manchas habían endurecido la tela y le habían endurecido.


¿Usted es de los que han ganado o de los que han perdido?


Eduardo miró los ojos limpios del niño y prefirió no contestarle. ¿Cómo iba a decirle que todos habían perdido, que eso de que había que defenderse de ideas foráneas perversas era una patraña, que los poderes movían hilos de marionetas, que nada había más importante que las lágrimas de un padre, de un amigo, que detrás de una


guerra siempre había deseos subrepticios, detrás de la palabra justicia frecuentemente no había nada.


Volvió a oler el azahar de los naranjos y miró a los niños que jugaban a la pelota.


Una camioneta pasó por la plaza, con música militar y un megáfono desde donde se animaba a los lugareños a que salieran a la calle a celebrar que la guerra había terminado, que la victoria era irreversible. Los niños dejaron la pelota y corrieron detrás de los soldados jaleándolos.


Eduardo recogió su maleta y el hatillo y se dirigió a su casa. Al pasar por delante del ayuntamiento un soldado pegaba en la fachada un papel. La gente que momentos antes había desoído el llamamiento patriotero del megáfono salía ahora de sus casas. Parejas de ancianos, mujeres jóvenes con niños en sus brazos, hombres solos, mujeres solas se acercaban al Ayuntamiento, sin y con premura, como el que atraído por el espectáculo de un fuego se aproxima a él con miedo y prevención. Eduardo supuso que era la lista de los muertos o desaparecidos en la última batalla. Entre los que formaban ese séquito de temor y esperanza estaba su padre, encorvado, arrastrando los pies y seguido por un chucho callejero.


¡Padre!


Todos los hombres se volvieron hacia él y Eduardo vio sus caras, dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos casi en cruz, sólo su padre se le acercaba pero él hubiera querido ser el hijo de todos y cada uno de ellos.



María Cruz Quintana 05/04/2011

jueves, 31 de marzo de 2011

La Blackberry.-


La Blackberry.-

Pocos minutos antes de la reunión que teníamos cada viernes para rendir cuentas  de cómo había ido la marcha del negocio durante la semana, Federico  recibió un mensaje en su Blackberry, lógicamente no  pudo resistirse a abrirlo de inmediato.
 
Nunca esta maquinita le había sido de tanta ayuda como aquel día, que solía  ser el que D. Anselmo elegía, para dar las malas noticias y así amargar los fines de semana al prójimo. Ésta vez el correo decía lo siguiente:

“El martes día 15 de los cttes., a las 11 horas le esperamos en nuestras oficinas de la calle  Silva nº 21 en Madrid, para cerrar con Vd., el contrato de trabajo “

— ¿Qué tal Federico, como han ido las ventas en el departamento esta semana? Hace algún tiempo que no tenemos ninguna buena noticia.

—Verá D. Anselmo. Que quiere que le diga. Como siempre. ¿Es que todavía no se ha enterado Vd.,  de como está el mercado? “Federico pensó que si esta vez traspasaba el límite de lo tolerable, no sabría si iba a ser capaz de aguantar o mandarle a la mierda de una vez por todas”.

—Pues verá Federico ya que me lo pone tan fácil, le diré que aquí no estamos para quedarnos cruzados de brazos ni Vd., ni yo y que las leyes del mercado se cambian con un sobreesfuerzo si es preciso, o no se ha dado cuenta de que, de ésta empresa viven un montón de familias, que comen todos los días.

—“Federico agachó la cabeza y durante unos instantes se quedo pensando si realmente merecía la pena contestarle o no”, pero no le estaba dando ninguna opción, al momento D. Anselmo volvía a la carga de nuevo diciendo:

—Si por lo que le pagan me va a seguir diciendo las mismas cosas, no me va a quedar más remedio que tomar alguna determinación, ¿acaso no se le ocurre otra cosa?

—No sé bien lo que quiere decir, pero  parece que es el momento de buscar alguna solución al caso. Estoy ansioso por oír lo que desea contarme.

—Exactamente eso que está pensando. -Está Vd. despedido.

—Pues no le va a quedar más remedio que esperar hasta el miércoles para que mis abogados analicen las condiciones que me va a proponer para mi marcha, entonces ya le diré si me parece bien o si piensan emprender algún tipo de acción legal contra Vds., antes de ultimar mi marcha de la empresa.

—Creo que entre nosotros no hay mucho más que hablar, me acaba de dejar muy claro lo que se podía esperar de Vd., en caso de haber querido alargar más esta situación.

—Yo también desde hace algún tiempo venia pensando más o menos lo mismo, que algo había que hacer. Espero el finiquito y ya le diré lo que mis abogados me indiquen. Buenas tarde. 

—Buenas tardes.
 
Federico salió del despacho dando palmas con las orejas y hasta haciendo unos saltitos de claqué por la calle. Ese viernes saldría a cenar con su mujer a un buen restaurante. Gracias a la Blackberry iban a cobrar una suculenta indemnización, al tiempo que le comunicaban los detalles de las condiciones de su nuevo puesto de trabajo.

CL110324Blackberry
Rafael Moreno Horcajada