jueves, 9 de febrero de 2012

Picardía caribeña

¡Epa! ¡10 cheles! ¿A quién se le habrán caído? – Miré a un lado, miré al otro. La calle estaba desierta- Bueno, esto no tenía dueño, ahora es mío. Entrecerré mi ojo derecho y me quedé pensando. Hoy es mi día de suerte.

Sin perder más tiempo, enfilé mis pasos hacia el colmado de la esquina. Llevaba, como siempre, mis chanclas de goma marrón, mis pantalones cortos azules que heredé de mi hermano Juan ¡tan desteñidos y raídos! Y mi camiseta color blanco triste, que ya dejaba traslucir mi piel mulata. Llegué dando saltitos, ¡Uno, dos escalones arriba y ya estoy dentro!

- ¡Pedro! – grité sonriendo.

- ¡Oh, Julito! ¿Y tú por aquí a estas horas? ¿No vas a la escuela hoy? – Me preguntó inquisidor.

- Mamá me dejó cuidando a Tatica, tú sabes, ella es muy chiquita y no la podemos dejar sola. Juan está en el taller y mamá anda pa’ casa de la doña, haciéndole un sancocho. Parece que tiene visita y está sin muchacha de servicio. Mamá dice que esos cuarticos que la doña le da le vienen muy bien de vez en cuando.

-¡Anjá! No, po’ ta’ bien. Si es así no hay problema. Dime ¿Qué te pongo? – Me preguntó suavizando la expresión.

- Pedro – le dije y me acerqué al mostrador. Con una mano le pedí que se acercara él también - ¿tú no tendrás un par de chuflays por ahí? – Pregunté en voz baja alternando mi mirada entre sus ojos y la gente que me rodeaba.

- ¡Claro, m’ hijo! ¿Y pa’ eso tu te pones tan misterioso? – Declaró soltando una carcajada que atrajo la atención de unos señores que jugaban dominó en la calzada de enfrente –Dos chuflays para Julito, dijo poniendo los cilindros de papel con colores chispeantes sobre el mostrador.

-Toma – Le dije chocando los diez cheles contra la hojalata que cubría el mostrador y produciendo ese sonido que tanto me gustaba. Para mí, era el sello de que se cerraba un trato. – Oye – le dije desde la puerta del colmado -no le digas a mamá que estuve aquí, que no sepa que Tatica se quedó sola en casa.

Pedro se llevó los dedos pulgar e índice hasta un extremo de sus labios y los deslizó hasta la comisura opuesta, simulando una cremallera que se cierra. Luego apoyó las manos en el mostrador con los brazos extendidos y se quedó mirándome y repiqueteando con los dedos al ritmo de un merengue alegre que sonaba en la radio que tenía al fondo de la estantería.-Tú, tranquilo – me dijo guiñándome un ojo.

Yo le hice un saludo militar y me fui dejando a mis espaldas una mezcla rítmica entre el merengue y las fichas del dominó. Caminé en dirección a mi casa alternando los chuflays de una mano a la otra, una y otra vez. El sol quemaba con todas las fuerzas que le impone el medio día, el calor era insoportable. Si no fuera por la humedad y la cantidad de mosquitos en el aire, nadie diría que ayer el cielo se desplomaba en agua. No había sombra ninguna en toda la calle. Ni un árbol, ni una cornisa, nada que me permitiera tomar un camino menos caluroso. El ruido de los automóviles y las motocicletas, liberando de sus entrañas ese aliento de monóxido de carbono hasta sentirme mareado. No había avanzado dos manzanas cuando recordé que Luis, el hijo de don Javier, había estado malo con fiebre desde hacía dos días.

- ¿Seguirá enfermo? A lo mejor está en su casa – pensé.

Mientras tanto, decidí abrir uno de los cilindros.

- A ver… caramelo, como siempre… lo único seguro es el caramelo – pensé a la vez que lo lanzaba hacia arriba y lo atrapaba en su descenso con mi boca- … y… ¡Un soldadito! ¡Epa, hoy es mi día de suerte! - Dije levantando mi premio en dirección al sol, a la vez que daba volteretas de alegría. – Deja que se lo enseñe a mis amiguitos de la escuela… ¡Qué chévere! ¡Pum, pum! – decía mientras apuntaba la estatuilla con su rifle a las ruedas de los autos y las motos - ¡Pum, pum! Muere traidor – decía sonriendo como un demente – ¡Pum, pum! Y al viralata también: Toma, por feo ¡Pum pum!- decía apuntando ahora a un perro realengo de color kaki, que se relamía una pata, tumbado y resguardándose del sol en la galería de una casa azul y blanco.

Ya estaba frente a la casa de Luis… me empiné sobre mis pies para alcanzar la ventana, sujetándome de las frías rejas blancas, alcancé la altura de media cabeza y no pude ver nada, pero sí oí lo que quería oír: la melodía de “Space Invaders”.

-Este está aquí – Rápidamente, guardé el soldadito en el bolsillo del pantalón, junto con el otro chuflay, y entré en la casa aprovechando que la muchacha del servicio dejó la puerta abierta para que se secara el suelo que acababa de fregar. Llegué hasta el salón y saludé – ¡Luis, mi amigo! ¿Cómo sigues? Te veo muy bien… ¡y jugando con el Atari!

Me miró de reojo, por lo que entendí que seguía enfadado conmigo. La última vez que jugamos con la maquinita -¡maravillosa maquinita!- Le gané por 35 puntos en el Pac-Man y él no entendía cómo yo, que no tenía ni un parchés en mi casa, ni tenía dinero para jugar en las máquinas de las pizzerías, le pudiera ganar a él, que tanto esmero, tiempo y técnica había invertido en los juegos.

- Hola, Julito… yo estoy mejor. Ya me tengo que ir a la cama a descansar un rato – Me dijo mirando la tele y cerrando la partida que estaba ejecutando. – Si tu quieres ven otro día y jugamos.

-No ‘ombe, Luis, vamos a echar una mano de Pac-Man, no seas así. ¿Tú estás enojado conmigo? Vamos a jugar, tu vas a ver que hoy tú me ganas… si lo importante es compartir.

No lo vi muy convencido. Aun así, apagó el aparato y cambió el cartucho. Colocó el juego que yo quería y empezamos el mano a mano. Quise ser condescendiente con él, pero no pude controlarme. “Aunque no me deje volver a jugar”… Subo a toda prisa por los laberintos y me voy comiendo todos los puntos que tengo por el camino, en estricto orden para no tener que repasar lo andado. Subo, subo, subo a través de la pantalla hasta llegar al extremo superior derecho, me como el bloque azul parpadeante y ahora voy a comerme a todos los fantasmas que se crucen por mi camino. Levanto el mando con fuerza, como si así obligara al Comecocos a correr más rápido a través de los campos celestes, presiono los botones hasta que me duelan los dedos, el corazón se me va a salir por la boca cuando exclamo síííííííííííííííííííííííííí y extiendo los brazos en alto y canto victoria y me abrazo a mi mismo y grito: Señoras y señores, una vez más: ¡Julito campeón! Simulo una algarabía de un público imaginario y…. luego el silencio. Caí en la cuenta de que Luis estaba muy callado, serio, disgustado, derrotado. Esta vez le gané por 42 puntos. Lo vi levantarse del suelo, enrollar el cable de su mando y apagar la tele y el Atari.

- No te pongas así – Le dije apoyando un brazo sobre su hombro tratando de aminorar su enfado… - Oye, esta tele es una maravilla- Le dije en tono un poco alabancioso y tratando de desviar su ira- Tremenda… Pantalla de 19 pulgadas y a todo color… La de mi casa es de 12 pulgadas, blanco y negro… pero no está mal para ver el “Show del Mediodía”.

- Julito, yo me voy a acostar un rato… que creo que me está subiendo la fiebre – Me dijo con un tono que dejaba a todas luces descubierto el hecho de que no me quería dentro de su territorio.

- Bueno, que te mejores. Gracias por dejarme jugar – dije alisándome el pantaloncito de poliéster y entonces recordé el segundo chuflay. Lo saqué presuroso y se lo pasé a Luis – Toma, amigo, para que veas que yo soy un “tipo bien”. Este lo tenía para Tatica, pero quédatelo tú.

Sólo en ese momento lo vi sonreír. Agradeció el gesto, se llevó el chuflay cerca del oído y lo sacudió como una maraca, como si así pudiera adivinar su contenido y me dijo:

- Lo abro ahorita. Mami no me deja comer dulces antes de la comida Ya te contaré lo que me tocó. Nos vemos otro día. Me dijo mientras caminaba hacia su dormitorio.

- Tú sabes que lo único seguro es el caramelo – Le dije levantando los dos pulgares. Me di cuenta que eran las 12:30 y que mamá no tardaría en llegar a la casa. Salí corriendo de la casa de Luis, crucé la calle, le di la vuelta a la manzana y entré en mi casa. Verifiqué que mi hermanita estaba bien, no se había caído, no había roto nada, todo en orden. Cinco minutos más tarde llegó la jefa de la casa y me preguntó por las novedades.

- Todo bien- le dije- La niña se ha portado fenomenal y yo he estado repasando matemáticas, que el lunes tenemos examen.

-Me alegro, entonces- me dijo sonriendo.

Estaba tan contento con mis aventuras y logros que quise ponerme a jugar nuevamente. Me metí la mano en el bolsillo buscando mi premio y no lo encontré. Busqué en uno, en el otro. No lo encontré… “pero si lo guardé aquí”- pensé-. Volví a buscar, y me fui alterando hasta el punto que mis movimientos empezaron a llamar la atención de mi mamá. Saqué los bolsillos hacia fuera, mientras los sacudía y miraba a mi alrededor, desandaba sobre los pasos que había dado dentro de mi casa por si se me había caído cuando escuché la pregunta de mi madre.

-¿Qué se te perdió? – preguntó frunciendo la boca y poniendo los brazos en jarra sobre su cintura.

-El soldadito – le contesté sin pensar- No sé si me cayó aquí o donde Luis.

-¿Qué soldadito? – volvió a preguntar – Porque tú no tienes ningún soldadito, que yo sepa.

- El que me saqué en el … -Sólo entonces caí en cuenta que me había descubierto – … chuflay – completé la frase desinflándome de hombros e inclinando la cabeza.

- ¡Ah! No me digas – Y que a lo mejor se te cayó donde Luis. Entiendo- respondió a la vez que se encaminó a buscar la vara de guanábana con la que solía “marcarnos la lección” al nivel de las rodillas.

Me quedé con cara de plato. Sentí un hilo frío en mi coronilla que fue descendiendo hasta convertirse en un sudor nervioso que me bajó por la espina dorsal. - ¿Y ahora qué hago? - Respiré profundo y exhalé.

En ese momento me di cuenta que aun tenía el sabor dulzón del caramelo en mi boca.

A propósito: no sé si lo dije, el caramelo es lo único seguro que te toca.


Diccionario dominicano:

Chele: Centavo/céntimo.

Tatica: Diminutivo de Altagracia, virgen patrona de la República Dominicana.

Sancocho: Comida típica dominicana. Consiste en un caldo hecho a base de carnes y tubérculos.

Chuflay: Cilindro de cartón envuelto en papel de color brillante que contiene un caramelo y un juguete sorpresa.

Chévere: Bien/bueno/divertido.

Viralata: Perro callejero.

Guanábana: Fruto de piel verde y pulpa blanca, muy suave y dulce.


lunes, 6 de febrero de 2012

EFRÉN EL PASTOR

           Laura, se había levantado serena. El sol en su plenitud lo inundaba todo con sus rayos dorados. Era uno de esos días, propicios para pintar. Desayunó y subió hasta el desván, donde tenía el taller de pintura. Era una estancia espaciosa, llena de luz, con grandes estanterías blancas, como la pared, donde aparecían cuidadosamente ordenados, tarros, pinturas, pinceles y trapos. Todo estaba diáfano. En la habitación, sólo un gran caballete frente a la ventana, exhibía un lienzo en blanco. Nada más subir, se quedó mirando al horizonte intentando inspirarse y casi de forma instintiva, llenó su paleta con pequeñas porciones de óleo, cual pequeños merengues en todos los colores, y llena de una extraña fuerza interior, que los artistas llaman  inspiración, empezó a distribuir tonalidades vivas, por el lienzo, siguiendo un extraño impulso. Sus pinceladas, eran cada vez más sueltas, largas y expresivas, nada que ver con su estilo hiperrealista y minucioso, conseguido con pequeños toques, muy trabajados.
Ebria de color y arte y continuó pintando febrilmente, sin darse cuenta  del paso del tiempo. De pronto el sol empezó a languidecer y esconderse tras las colinas no muy lejanas. Sólo en ese momento Laura se dio cuenta que ni siquiera había comido, llevaba ocho horas trabajando sin descanso y sin embargo, no sentía ni hambre, ni cansancio, se encontraba plena de satisfacción, le gustaba lo que estaba saliendo de sus manos, era como el fruto de emociones contenidas, que sin saber por qué, ahora fluían de una forma natural.
Durante largo rato, se quedó mirando su obra inacabada, y sintió desasosiego, había intentado copiar, el paisaje que vislumbraba desde su ventana, pero… Lo que había realizado, le parecía, una idea, plagiada, y que sedimentada en su alma, hoy, cual magma incandescente hubiera brotado sin freno.
Bajó a la cocina, se preparó un bocadillo y salió a dar un paseo, por el bosque, para reflexionar sobre dónde había visto antes, una obra similar y quién era el autor. Al llegar a la fuentecilla y oír el rumor del reato, sintió sed, se acercó al caño, de donde brotaba un agua fría y cristalina, llenó con ella, la palma de sus manos y llevándola a sus labios, calmó su ansia, luego, se sentó en la hierba apoyando la espalda en una roca, junto al corriente cantarina, que partía hacia la pradera. Aquel murmullo llenaba de paz su alma. Le gustaba pasar el tiempo, viéndole serpentear entre las piedras de aquella ladera rocosa y formar pequeñas cascadas plateadas de luna, que ya, empezaba a salir,  y podía verse, reflejada en sus aguas, como en un espejo. Recostada en su duro lecho, empezó a recordar, casi ensoñar, sus años infantiles, cuando llegaba hasta aquel claro del bosque, con sus hermanos y mientras estos se entretenían jugando con la pelota, ella se iba a charlar con el viejo pastor Efrén, que le contaba historias  sobre cada una de sus ovejas de la que se sabía todos sus nombres y si había alguna recién nacida, se la ponía en sus brazos, con cariño y hasta le dejaba bautizarla con el agua del arroyuelo, nombrándola, su madrina y protectora. Ya adolescente, le gustaba escuchar viejas leyendas que él sabía sobre aquellos lugares. De pronto recordó una charla muy especial.
-Hija, la vida es como la naturaleza, a cada etapa de nuestra existencia, le corresponden el espíritu y los colores  con los que se viste ella, en las cuatro estaciones.
-La niñez, es la primavera de la vida, con sus tonos pastel. El blanco de la jara, son las nubes de sus tiernos sueños, con caricias y mimos. El malva pálido de las violetas, simbolizan sus pequeños temores, ante lo desconocido, el amarillo de los girasoles, su necesidad de calor y ternura, la gama de los rosados de las azaleas o las orquídeas,  la dulce alegría de sus juegos.
La juventud, es la plenitud, de la existencia como, el verano. Si tuviéramos que representarla, sería con el rojo, reflejo del estallido de vida y la pasión. Como las amapolas o las frutas del bosque. Igual que el ardor que fluye, dentro del corazón de los jóvenes, el violáceo de los lirios y de las campanillas, es el tono de sus primeros desengaños amorosos y el verde de las ciruelas, en sazón, la esperanza que  mueve a los que tienen, toda una vida por delante.
En la madurez igual que en el otoño, predominan los tonos, marrones de las hojarascas y son como las personas que tienen ya el corazón seco, por los golpes de la vida; pero, hay  hojas que se mantienen aferradas a sus árboles, aún verdes, aunque irisadas en amarillo, son similares a todos los  que luchan por conservar intactos sus proyectos e ilusiones,  sintiéndose jóvenes y emprendedores, al margen de lo que diga su carnet de identidad
El invierno, es la última estación, la vejez en la vida. Esta es blanca, como la nieve de las cumbres, que ocultan sus erguidos picos, o las ambiciosas ilusiones humanas, pero en la naturaleza, también  ven los tonos pétreos-verdosos, de las rocas con musgo, sobre las que resbaló el hielo, porque ellas, fueron más fuertes, que él, o jardines tardíos en flor, llenos de dalias, ciclámenes y pensamientos. En la vida, también hay muchos ancianos que nos transmiten, los colores cálidos de su sabiduría, y ganas de vivir. Son como islas en el tormentoso  mar existencial. Hay quien se empeña en ver a la vejez y al invierno sólo en tonos fríos y tristes, son los egoístas o los apáticos, que se encierran en su iglú, sin salir y por eso se pierden la majestuosa belleza de esta estación y su hermoso colorido, que también lo tiene... ¡Hasta la nieve te quema si la tomas en la mano!
A ti que tanto te gusta pintar, si un día, representas la vida, no te olvides de lo que hoy te estoy diciendo y utiliza los tonos alegres y vivos en todas las etapas.
Respiró tranquila ¡su cuadro, no era ningún plagio! Era el recuerdo de la descripción paralela que entre las estaciones y la existencia humana, que le había hecho Efrén, hace años.
El río, jugaba con los cantos y el aire con las hojas secas y las verdes ramas de los pinos, y su murmullo, evocó a Vivaldi en el corazón de Laura.


Marisol Picarzo Cano
Madrid a 6 del 2 de 2012            

viernes, 27 de mayo de 2011

DIFICULTAD

El silencio es un limpio y amplio espacio en el que poder escribir nuestras ideas. ¡Qué frase tan sugerente! Sugerente en el caso en que yo hoy tuviera alguna idea que pudiera desarrollar, esparcir en un papel recreándome en su exposición rodeándola con una buena historia.


Dado que mi estado de ánimo en esta época es más bien calamitoso, las historias serían de desamor y desencuentros, así que rebuscando en el pasado voy a emborronar este papel con la historia de una "dificultad". He mirado en un diccionario buscando un sinónimo de estreñimiento y únicamente viene ''dificultad'', claro que hay diferentes dificultades pero la mía concretamente es la dificultad de ir al baño. Por cierto este eufemismo de "ir al baño" enmascara defecar, deponer, evacuar y alguna más que eludo. Retomo la historia después de esta disquisición lingüística que podría alargar pero que considero suficiente.


Hallábame en una lejana isla de las Pequeñas Antillas, en Martinica, donde mi marido tenía una reunión de trabajo. Ante tan exótico viaje yo me haba pegado como una lapa y me fui con él. Varios compañeros con sus respectivas, por cierto, buenas amigas mías, formábamos un grupito dispuesto a empaparnos de los paisajes, la flora, la fauna, la gastronomía, la música del lugar.


– Si necesitáis algo yo llevo una maletita con medicinas para todo, cremas, etc. - nos dijo Ana, farmacéutica y previsora.


Transcurridos tres días acudí al maletín, bien surtido ¡vive Dios! Laxantes, micro enemas, antibióticos y demás. Pasados dos días más y agotadas las existencias del botiquín yo seguía con la "dificultad'; la dificultad se me había instalado inamovible, pertinaz, tozuda, terca, empecinada y me martirizaba. Grandes caminatas intentando que se fuera de donde tan cómodamente parecía instalada. La personifico porque para mí era alguien que me estaba fastidiando concienzuda e intencionadamente. La noche del quinto día hacia las tres de la mañana me desperté y me senté en el excusado, curiosa palabra, hermana de excusa. ¿Alguien se puede preguntar si yo necesitaba una excusa para estar a aquellas horas sentada en el excusado?


Media hora más tarde se despertó mi paciente marido que ante mi situación de escalofríos, sudoración y palidez me hizo una propuesta. En la mesilla en los hoteles de estos lugares hay siempre una vela en previsión de apagones producidos por fuertes tormentas. Mi marido me recordó que cuando nuestros hijos eran bebés y tenían ''dificultades" les introducíamos una cerilla mojada en aceite de oliva y aquello era mano de santo. Aquella vela afilada con una navajita podía convertirse en un buen desatascador, mi "dificultad" podía desaparecer en un momento, me lo dijo cariñoso y persuasivo. Yo comprendía su preocupación e impotencia ante la situación pero inmediatamente una escena imaginada pero posible se me vino a la cabeza. ¿Y si con la vela dentro me daba un espasmo muscular y tenía que venir un médico y yo con un cirio pascual en la culo (Sinónimos: trasero, pompi, posaderas, a elegir)? ¿Explicación? Ninguna, muchas veces la verdad es tan singular y estrafalaria que resulta increíble. Claro que también podía encender la vela y cuando viniera el galeno contarle que era una costumbre ancestral para alejar los malos espíritus antes de la coyunda. Ante esta perspectiva, mi sufridor marido cogió un taxi y se fue a un hospital o farmacia, no lo sé, y me trajo varios remedios ortodoxos. La ''dificultad' después de un rato largo, larguísimo, se fue no sin esfuerzo por mi parte. La felicidad me invadió.


A la mañana siguiente mis amigos me aplaudieron; desde entonces no hay dificultad que yo no sortee con pericia.


P. S. No tuve noticias de si las infraestructuras del hotel se resintieron



María Cruz Quintana


26/05/2011

sábado, 7 de mayo de 2011

Tiempo de verano

Había sucedido hace  algún tiempo, después solo quedó “soledad y hastío” en su vida.

Se trataba de una mañana espléndida, llena de luz en su inicio, Germán  había propuesto a Laura salir al mar, de eso hacía algunos años, solían hacer juntos submarinismo durante el verano.

La lancha que les llevaba a su punto de destino transportaba a otras tres parejas más y a Ángel el monitor;  tras las consabidas indicaciones,  se agruparon  tras él, que buceaba ligeramente adelantado de los demás.

Súbitamente a Laura que ocupaba la última posición del grupo detrás de Germán, no se le ocurrió otra cosa que tratar de ascender a la superficie hacía un punto de luz que se divisaba en la gruta en la parte superior de donde se encontraban, al parecer le estaba faltando oxigeno y necesita salir a la superficie a respirar.

Germán tardó unos instantes en percibir que Laura no le seguía, no podía haber transcurrido demasiado tiempo, rápidamente trató  de localizarla, se había presentado un movimiento continuo en el fondo del mar a consecuencia de la inesperada tramontana.

Por fin pudo apreciar que el hueco por el que se percibía un pequeño haz de luz, se encontraba taponado con el cuerpo de Laura, aún tardo unos segundos más en llegar hasta donde ella se encontraba, su traje de neopreno se encontraba desprendido a jirones como por un denodado esfuerzo de liberarse de las estrías de las rocas que la tenía atrapada.

Ya no era solamente el traje, sus caderas y sus piernas estaban ensangrentadas, trató de de ver por donde podía atraer su atención a fin de recibir de ella indicaciones de cómo poder ayudarla pero no era capaz de encontrar modo alguno. Le parecía que su cabeza se encontraba  desplomaba hacia adelante no dejando espacio alguno  por donde poder socorrerla.
  
Trató de liberar el cuerpo de Laura de las rocas colocando sus manos en medio, inmediatamente el efecto esperado comenzó a producirse, sus manos también sangraban. Sentía como si ella fuera quedándose sin vida, no sabia bien si a causa de la falta de respiración o por el denodado esfuerzo y la angustia que se tendría que estar librando en su interior. No alcanzaba a poder ofrecerla su mascarilla de oxigeno y al colocarlo en una de sus manos pudo comprobar que estaba inerte.

Tenia que avisar al resto del grupo para tratar de salir por otro sitio a la superficie y ver que se podía hacer desde arriba, la opción de extraerla hacia abajo, era misión imposible las rocas la habían atrapado dejándola  entrar, pero no dando opción alguna al retroceso a causa de las estrías dentadas que lo impedían.

La dejo allí y comenzó a dar brazadas desaforadamente con un terrible aleteo hasta que pudo divisar a lo lejos al grupo. Tardó todavía no sabía bien cuanto tiempo hasta darles alcance, cuando llegó les hizo entender que precisaba ayuda urgente para que todos le siguieran.

Cuando volvieron de nuevo a lugar donde la había dejado, Ángel tardó pocos instantes en comprobar que se encontraba sin vida.

De forma aparentemente cruel recuperaron su cuerpo como pudieron haciendo un estropicio enorme sobre el cuerpo yacente de la victima y juntos volvieron todos a la embarcación. Lo demás de la terrible historia ya os lo podéis imaginar por lo que os comentaba al comienzo de este relato.

A partir de aquel día ni su vida, ni el paso del tiempo, sufrieron modificación alguna, al menos perceptible para él.

CL110504tiempodeverano. 
Rafael Moreno Horcajada
  

sábado, 23 de abril de 2011

La Ecografía


─No hay duda ─dijo el ginecólogo cuando terminó de reconocer a Rosa─, estás embarazada de cuatro meses.
─Doctor, pero si yo estaba sin cuidado, si usted sabe que tengo cuarenta y cuatro años.
─Pués se ve que tu organismo reacciona de manera joven.
─¡Uy, cuando se lo cuente a mi Juan!
─Y te comento─ añadió el doctor─que creo que es un machote.
─¡Uy, con dos niñas mocitas que tengo ya, cómo se lo digo! ¡ Uy, doctor!,  por qué no me ayuda y le citamos aquí, yo le aguardo en la sala de espera y usted se lo cuenta.
─Esto que me pides no es muy normal que yo lo haga, pero dado que os conozco tanto, llámale a ver si puede venir y os recibo a los dos a las nueve. Y, toma, esta es la foto de tu primer hijo.
─Qué no, doctor, que ya sabe que tengo otras dos hijas. Mi Luisita, de veintiuno, ya casada, y mi Ángela, de veinte.
─Me refiero a que es tu primer varón. ¡Ay, que mujer!, anda, aguarda en la sala de espera.
Rosa volvió a la sala de espera, se puso a contar con los dedos los meses que ella consideraba que llevaba sin regla y comenzó a palparse el vientre con fuerza, ajena a las personas que la miraban extrañadas, se metió la foto en el pecho y murmuraba por lo bajo ─¡Ay que dicen que eres un machote, pero el machote es tu padre!. Ea, y yo sin echar cuentas…
Y ya un poco mas calmada, miró y remiró el enjambre de rayas blancas sobre el cono invertido negro, y la semillita que aparecía en el centro, donde el doctor había hecho un punto. Y dando un suspiro, recordó la primera vez que había sentido a sus otras hijas dentro de sí, la ilusión que le hizo poder amamantarlas, el esfuerzo para que tomaran las papillas, las salidas al parque con el coche de paseo, el orgullo de madre cuando le decían que sus hijas eran guapas, los primeros balbuceos, las malas noches porque los bebés no entienden de horarios, la carrera para abrazar al padre cuando volvía del trabajo, la primera vez vestidas de flamencas en la feria, la comunión que la hicieron juntas porque iban muy seguidas, la ayuda en sus deberes del colegio, las rebeldías de adolescentes, la lucha por las faldas cortas, las noches de espera porque la juventud de ahora acostumbra llegar de madrugada, las malas y las buenas notas, el echar un capote en las regañinas del padre, el sufrimiento con aquel chico medio hippy que fue el primer novio de la mayor y que no les gustaba nada, la lucha diaria, sola con el trajín de la casa, las cuentas para estirar el sueldo del marido que era el único que entraba, por fin la reciente boda de la mayor…Y mientras recordaba todo esto en soledad, notó que su corazón se inundaba de un amor nuevo.
─¡Ay mi alma, que Dios me dé fuerzas porque yo ya te quiero!─ Y el “te quiero” se escuchó en alto en la sala de espera, mientras Rosa guardaba la foto de la ecografía junto a su pecho.
Cuando ya no quedaba nadie más que ella, pensó que realmente no le hacían falta ayudas para decírselo a su marido, porque a ese amor nada ni nadie podría oponerse. Ya era héroe porque se  sentía MADRE con mayúsculas.
En ese momento apareció el marido y le dijo: ─Rosa, acaba de contármelo el doctor, eres la flor más bonita después de la Macarena. Y ahora explícame  ¿cual es el problema? Yo estoy hecho un toro, y el niño viene a su casa.─Juan, cogiendo a su mujer por el brazo, comentó: ─nuestra casa se llenará de vida, seremos padres y abuelos casi al mismo tiempo. Gracias, doctor, quede usted con Dios, que nosotros  nos vamos a celebrarlo.
Carmen García Bueno
5 de abril de 2011.
 

domingo, 17 de abril de 2011

MANUEL, MAESTRO, DAME UNA FRASE

– Manuel, maestro, dame una frase


– Ya no regalo frases - me contestó.


– Entonces, véndemela.


– Anda, búscate la vida - fue su respuesta.


Se había hartado de darme frases y yo sé que le sobran pero estaba reticente, inamovible en su decisión. No insistí pero me encontré desamparada. Adolezco de frases y las necesitó para comenzar mis relatos. Además me pareció injusto porque yo las uso y se las devuelvo sin faltas ortográficas, con la sintaxis perfecta y la semántica adecuada. Esas frases son como la batería de un coche, lo pone en marcha y llega a terrenos insospechados, imaginativos, donde las alegrías se hacen palabras, las angustias afloran y, rompiendo la tierra, ven el sol y son bañadas por la lluvia catártica, porque hasta los relatos más sencillos necesitan su frase sencilla para nacer. Como mi tierra está yerma y de mi hoy no puede germinar ni una brizna ni un rastrojo con sentido, he salido a la calle a buscar una frase para mi relato. Y aquí estoy, en un parque lleno de niños, mamás, adolescentes y viejos al primer sol de primavera, esperando una frase que me inspire.


– Ya está haciendo calor.


– Mi mujer tiene una hernia discal y la tienen que operar.


– ¡Niño, no tires piedras!


– El parto de mi Eduardito fue rapidísimo, con epidural, claro.


– El Barça hoy pincha con el Madrid, ya lo veréis.


Eran frases demasiado triviales, no me inspiraban nada para comenzar un relato. Manuel, maestro, ya podías haberme vendido una frase, ¿qué te costaba?, o habérmela alquilado y ahora yo estaría en mi casa llenando con palabras un papel en blanco.


Me he ido del parque bastante desanimada y he encaminado mis pasos hacia una calle comercial y concurrida. He reprimido mis ganas de parar a la gente y pedirles “Dígame algo” así que me limito a escuchar.


– Estaban muy rebajados, he comprado dos pares.


– Entremos en éste, creo que tienen buenas tapas.


– Me han contando que la tenía en un sin vivir a la pobre, por eso hizo lo que hizo.


Manuel, maestro ¡ya la tengo, ya tengo la frase que tu te has negado a venderme!, ¡y me ha salido gratis!. "¡La tenía en un sin vivir!" Si hubiera dicho "La tenía muerta a la pobre" no me hubiera servido. "Muerta" supone algo estático, sin embargo "sin vivir" me sugiere angustia, altos y bajos en un estado de ánimo, desesperación, desconcierto. Además, puedo utilizar in media res en mi relato.


Me voy a casa. Me espera un papel en blanco vacío de ideas, de palabras, de historia. Ya tengo el punto de partida.



María Cruz Quintana 17/04/2011

viernes, 8 de abril de 2011

LA GUERRA

Ocurrió en un jardín repleto de naranjos. La guerra había terminado, se acabó el olor a pólvora pero a Eduardo se le había quedado impregnado en el alma el olor a crueldad, desatino, muerte y miseria. Se sentó en un banco y olió el azahar. Era un olor de mujer dulce y fresco, un olor olvidado así como también olvidado estaba el latido de una mujer acompañando a su propio latido.


A su lado, en el banco, Eduardo había dejado todas sus pertenencias: un hatillo y una maleta vieja y desvencijada. Dos días en un tren hasta llegar allí, a su pueblo. Retrasaba la llegada a su casa donde su padre lo esperaba. Su hermano mayor había muerto en la batalla de... ¡Dios! Ya ni recordaba dónde fue, qué batalla, pero eso no importaba, su hermano había muerto.


Tenía que seguir un rato más allí oliendo la flor de los naranjos antes de enfrentarse a las lágrimas de su padre. Hasta ese momento no se había apercibido de la presencia de unos niños jugando a las guerras, corrían, se escondían tras los árboles y se "disparaban" apuntándose con el dedo. Eduardo abrió su maleta e hizo una pelota con una toalla vieja y una cuerda. Se la tiró a los niños al tiempo que les decía:


– Mirad aquí tenéis una pelota, no es de reglamento pero os a va servir para jugar a otra cosa.


Los niños entusiasmados se le acercaron, uno de ellos le dijo:


– Estábamos jugando a soldados. ¿Usted es soldado?


– Sí, bueno, he sido soldado.


– ¿Y por qué no lleva uniforme?


Eduardo recordó cómo en el tren había intercambiado su uniforme con un joven que le dio su chaqueta y los pantalones, algo cortos para él. Porque Eduardo necesitaba, anhelaba deshacerse de lo que durante tantos meses había sido su segunda piel, donde quedaban en los jirones de la tela las manchas pardas de su sangre y de otras, de otras sangres. Esas manchas habían endurecido la tela y le habían endurecido.


– ¿Usted es de los que han ganado o de los que han perdido?


Eduardo miró los ojos limpios del niño y prefirió no contestarle. ¿Cómo iba a decirle que todos habían perdido, que eso de que había que defenderse de ideas foráneas perversas era una patraña, que los poderes movían hilos de marionetas, que nada había más importante que las lágrimas de un padre, de un amigo, que detrás de una


guerra siempre había deseos subrepticios, detrás de la palabra justicia frecuentemente no había nada.


Volvió a oler el azahar de los naranjos y miró a los niños que jugaban a la pelota.


Una camioneta pasó por la plaza, con música militar y un megáfono desde donde se animaba a los lugareños a que salieran a la calle a celebrar que la guerra había terminado, que la victoria era irreversible. Los niños dejaron la pelota y corrieron detrás de los soldados jaleándolos.


Eduardo recogió su maleta y el hatillo y se dirigió a su casa. Al pasar por delante del ayuntamiento un soldado pegaba en la fachada un papel. La gente que momentos antes había desoído el llamamiento patriotero del megáfono salía ahora de sus casas. Parejas de ancianos, mujeres jóvenes con niños en sus brazos, hombres solos, mujeres solas se acercaban al Ayuntamiento, sin y con premura, como el que atraído por el espectáculo de un fuego se aproxima a él con miedo y prevención. Eduardo supuso que era la lista de los muertos o desaparecidos en la última batalla. Entre los que formaban ese séquito de temor y esperanza estaba su padre, encorvado, arrastrando los pies y seguido por un chucho callejero.


– ¡Padre!


Todos los hombres se volvieron hacia él y Eduardo vio sus caras, dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos casi en cruz, sólo su padre se le acercaba pero él hubiera querido ser el hijo de todos y cada uno de ellos.



María Cruz Quintana 05/04/2011