sábado, 23 de abril de 2011
La Ecografía
domingo, 17 de abril de 2011
MANUEL, MAESTRO, DAME UNA FRASE
– Manuel, maestro, dame una frase
– Ya no regalo frases - me contestó.
– Entonces, véndemela.
– Anda, búscate la vida - fue su respuesta.
Se había hartado de darme frases y yo sé que le sobran pero estaba reticente, inamovible en su decisión. No insistí pero me encontré desamparada. Adolezco de frases y las necesitó para comenzar mis relatos. Además me pareció injusto porque yo las uso y se las devuelvo sin faltas ortográficas, con la sintaxis perfecta y la semántica adecuada. Esas frases son como la batería de un coche, lo pone en marcha y llega a terrenos insospechados, imaginativos, donde las alegrías se hacen palabras, las angustias afloran y, rompiendo la tierra, ven el sol y son bañadas por la lluvia catártica, porque hasta los relatos más sencillos necesitan su frase sencilla para nacer. Como mi tierra está yerma y de mi hoy no puede germinar ni una brizna ni un rastrojo con sentido, he salido a la calle a buscar una frase para mi relato. Y aquí estoy, en un parque lleno de niños, mamás, adolescentes y viejos al primer sol de primavera, esperando una frase que me inspire.
– Ya está haciendo calor.
– Mi mujer tiene una hernia discal y la tienen que operar.
– ¡Niño, no tires piedras!
– El parto de mi Eduardito fue rapidísimo, con epidural, claro.
– El Barça hoy pincha con el Madrid, ya lo veréis.
Eran frases demasiado triviales, no me inspiraban nada para comenzar un relato. Manuel, maestro, ya podías haberme vendido una frase, ¿qué te costaba?, o habérmela alquilado y ahora yo estaría en mi casa llenando con palabras un papel en blanco.
Me he ido del parque bastante desanimada y he encaminado mis pasos hacia una calle comercial y concurrida. He reprimido mis ganas de parar a la gente y pedirles “Dígame algo” así que me limito a escuchar.
– Estaban muy rebajados, he comprado dos pares.
– Entremos en éste, creo que tienen buenas tapas.
– Me han contando que la tenía en un sin vivir a la pobre, por eso hizo lo que hizo.
Manuel, maestro ¡ya la tengo, ya tengo la frase que tu te has negado a venderme!, ¡y me ha salido gratis!. "¡La tenía en un sin vivir!" Si hubiera dicho "La tenía muerta a la pobre" no me hubiera servido. "Muerta" supone algo estático, sin embargo "sin vivir" me sugiere angustia, altos y bajos en un estado de ánimo, desesperación, desconcierto. Además, puedo utilizar in media res en mi relato.
Me voy a casa. Me espera un papel en blanco vacío de ideas, de palabras, de historia. Ya tengo el punto de partida.
María Cruz Quintana 17/04/2011
viernes, 8 de abril de 2011
LA GUERRA
Ocurrió en un jardín repleto de naranjos. La guerra había terminado, se acabó el olor a pólvora pero a Eduardo se le había quedado impregnado en el alma el olor a crueldad, desatino, muerte y miseria. Se sentó en un banco y olió el azahar. Era un olor de mujer dulce y fresco, un olor olvidado así como también olvidado estaba el latido de una mujer acompañando a su propio latido.
A su lado, en el banco, Eduardo había dejado todas sus pertenencias: un hatillo y una maleta vieja y desvencijada. Dos días en un tren hasta llegar allí, a su pueblo. Retrasaba la llegada a su casa donde su padre lo esperaba. Su hermano mayor había muerto en la batalla de... ¡Dios! Ya ni recordaba dónde fue, qué batalla, pero eso no importaba, su hermano había muerto.
Tenía que seguir un rato más allí oliendo la flor de los naranjos antes de enfrentarse a las lágrimas de su padre. Hasta ese momento no se había apercibido de la presencia de unos niños jugando a las guerras, corrían, se escondían tras los árboles y se "disparaban" apuntándose con el dedo. Eduardo abrió su maleta e hizo una pelota con una toalla vieja y una cuerda. Se la tiró a los niños al tiempo que les decía:
– Mirad aquí tenéis una pelota, no es de reglamento pero os a va servir para jugar a otra cosa.
Los niños entusiasmados se le acercaron, uno de ellos le dijo:
– Estábamos jugando a soldados. ¿Usted es soldado?
– Sí, bueno, he sido soldado.
– ¿Y por qué no lleva uniforme?
Eduardo recordó cómo en el tren había intercambiado su uniforme con un joven que le dio su chaqueta y los pantalones, algo cortos para él. Porque Eduardo necesitaba, anhelaba deshacerse de lo que durante tantos meses había sido su segunda piel, donde quedaban en los jirones de la tela las manchas pardas de su sangre y de otras, de otras sangres. Esas manchas habían endurecido la tela y le habían endurecido.
– ¿Usted es de los que han ganado o de los que han perdido?
Eduardo miró los ojos limpios del niño y prefirió no contestarle. ¿Cómo iba a decirle que todos habían perdido, que eso de que había que defenderse de ideas foráneas perversas era una patraña, que los poderes movían hilos de marionetas, que nada había más importante que las lágrimas de un padre, de un amigo, que detrás de una
guerra siempre había deseos subrepticios, detrás de la palabra justicia frecuentemente no había nada.
Volvió a oler el azahar de los naranjos y miró a los niños que jugaban a la pelota.
Una camioneta pasó por la plaza, con música militar y un megáfono desde donde se animaba a los lugareños a que salieran a la calle a celebrar que la guerra había terminado, que la victoria era irreversible. Los niños dejaron la pelota y corrieron detrás de los soldados jaleándolos.
Eduardo recogió su maleta y el hatillo y se dirigió a su casa. Al pasar por delante del ayuntamiento un soldado pegaba en la fachada un papel. La gente que momentos antes había desoído el llamamiento patriotero del megáfono salía ahora de sus casas. Parejas de ancianos, mujeres jóvenes con niños en sus brazos, hombres solos, mujeres solas se acercaban al Ayuntamiento, sin y con premura, como el que atraído por el espectáculo de un fuego se aproxima a él con miedo y prevención. Eduardo supuso que era la lista de los muertos o desaparecidos en la última batalla. Entre los que formaban ese séquito de temor y esperanza estaba su padre, encorvado, arrastrando los pies y seguido por un chucho callejero.
– ¡Padre!
Todos los hombres se volvieron hacia él y Eduardo vio sus caras, dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos casi en cruz, sólo su padre se le acercaba pero él hubiera querido ser el hijo de todos y cada uno de ellos.
María Cruz Quintana 05/04/2011
jueves, 31 de marzo de 2011
La Blackberry.-
martes, 29 de marzo de 2011
Akira.-
lunes, 21 de marzo de 2011
LA FOTO
El hotel en que estaba instalado era lo mejor que quedaba en aquel pueblo polvoriento. Todavía no había amanecido pero Rafael ya estaba en pie. Sin encender la única bombilla que había en la habitación, con cautela miró por la ventana los fogonazos de los disparos que iluminaban de cuando en cuando una esquina donde un pequeño muro quedaba en pie. Porque aquel pueblo estaba prácticamente destruido, parecía un simulacro de la realidad, un escenario trágico. Rafael había llegado allí enviado por su periódico, nunca había querido cobijarse detrás de la mesa de un despacho o haciendo fotos de crónicas sociales. Él era periodista y fotógrafo de la realidad más descarnada, algunas de sus fotos habían dado la vuelta al mundo pero él siempre sentía un desgarro ante esas fotos de niños sin lágrimas, carentes de fuerzas y futuro.
Era su último día en esa ciudad, por la noche volvería a casa en un avión que transportaba a los soldados heridos. A casa, a casa, Rafael tenía muchas casas, en cada misión tenía una casa, pero mañana estaría en su casa donde la soledad melancólica no existía. Allí estaban Alicia y su pequeña hija. Habían pasado seis meses desde que se fue y estaba contento, muy contento de volver a abrazarlas, tenía nostalgia de ellas, del olor a café recién hecho y pan tostado que inundaba la casa por las mañanas. Tenía que desintoxicarse de los sonidos sordos de los disparos, de la visión imparable del desastre. Sabía que al cabo de un mes volvería pero estos treinta días los disfrutaría, ya empezaba a disfrutarlos. En unas horas habría pasado de un paisaje de desolación al verde de su tierra, con las casas entre árboles, cambiaría el olor a pólvora por el olor de las jaras. Se sentía feliz, había hablado con su mujer, había oído respirar a su hija que seguramente chupeteaba el teléfono. Su jefe estaba muy satisfecho con su trabajo, y él ... él tenía costras en el alma, restos de las heridas que había sufrido estos meses, pero sobre ellas estaba es mes en el que iba a enterrar recuerdos del pasado inmediato.
Le sobresaltó el timbre de su móvil, tantos días mudo, tenía un mensaje de su hermano: “Oposiciones en el bote, te esperamos con mariscada. Te queremos, hasta mañana, Lucas”. A Rafael se le humedecieron los ojos. Agustín había sacado las oposiciones en las que tanto esfuerzo había puesto, seis años encerrado en una habitación rodeado de temarios. Ya no le podía pedir más a la vida, imaginó a sus padres eufóricos. Mañana los abrazaría a todos. Mañana, pero hoy tenía que hacer su trabajo. Cogió la mochila, las máquinas de fotos, el casco, el chaleco antibalas con su identificación de PRENSA como escudo y salió a la calle. Todavía no había amanecido pero una bruma gris anunciaba la salida del sol. Apostado entre los escombros, agachado iba avanzando, quería llegar a la zona donde los fogonazos le indicaban que allí estaba la noticia, la foto. En esos momentos siempre pensaba que no quería entender nada, ni entender el mundo porque era inútil, él sólo quería dar testimonio de lo incomprensible.
Durante horas fue tomando instantáneas de mujeres y hombres corriendo sin concierto, de perros que hambrientos escarbaban entre los escombros; la vida, o mejor, la muerte volvía a las calles. Divisó a lo lejos a un compañero francés que en ese momento enfocaba con su cámara a un hombre en bicicleta que transportaba un mugriento colchón. Arriesgaba su vida entre ráfagas de disparos por un colchón. Nada allí tenía sentido.
La mirada de Rafael recorrió la calle y se detuvo en la figura pequeña de un niño que manos en alto daba vueltas sobre sí mismo sin saber hacia donde ir. De vez en cuando paraba y miraba buscando un lugar. Era una buena foto, sucio, descalzo, apenas cubierto con un harapo, si se acercaba un poco vería su cara, seguro que sería una máscara del miedo. A los pocos segundos un perro se acercó al niño y le lamió los pies. El niño, inmóvil. Era la foto de las que dan la vuelta al mundo, de la de Pulitzer. De pronto una lluvia de balas empezó a caer sin piedad. Rafael dejó la mochila y las máquinas de fotos y corrió hacia el niño, lo cogió por la cintura y comenzó a retroceder. De pronto sintió un fuerte dolor en el muslo, como si una flecha de fuego le hubiera atravesado, iba dejando un reguero rojo, viscoso, abundante, siguió arrastrándose sin soltar al niño. Rodó hacia una zanja y lo protegió con su cuerpo. La sangre salía con la velocidad de los rápidos de un río; la laxitud y cierto bienestar lo estaban invadiendo.
Una hora después el fotógrafo francés pudo cruzar la calle. Rafael tenía los ojos abiertos sin mirada, en medio de un enorme charco de sangre, el niño sentado a su lado le había cogido la mano y canturreaba al tiempo que balanceaba su cuerpo rítmicamente. El francés se agachó y con respeto cerró los ojos de su compañero. Después cogió su máquina, enfocó a Rafael y al niño e hizo LA FOTO.
María Cruz Quintana
03/06/2010
domingo, 20 de marzo de 2011
LA ESPERABAN
Carmen tumbada en la cama miraba al techo. ¿Qué hora sería? Una luz incipiente entraba por la ventana, apagada y débil como su ánimo aquella mañana. Le hubiera gustado no haberse despertado, era uno de esos días en que necesitaba que el sueño la apartara de la realidad. Su psiquiatra el día anterior le había propuesto que hiciera balance de las circunstancias positivas que tenía alrededor. Carmen había llegado a la conclusión de que las cosas buenas eran más que las negativas, que su realidad era codiciable, deseable. Su marido la quería, sus hijos la querían, sus amigos la querían y ella también se quería. Se levantó y miró por la ventana, había nevado, una ligera capa de nieve cubría la calle y los coches aparcados, la abrió y un aire frió y seco entró y le hizo reaccionar.-Tu marido de viaje, tus hijos con sus familias. ¡A la calle que ya es hora! Te espera la gente, el aire helado, el chapoteo de la nieve, te espera la mañana. No te puedes quedar en la cama y ser tú la que espera porque nadie va a venir a rescatarte - Cerró la ventana y vio cómo una cometa se elevaba anárquica, oscilando y balanceándose a merced del viento, quizá también la esperaba algún niño afligido por su pérdida. La mañana, el niño, la gente, las calles, la nieve, todos la esperaban.
Enfundada en un abrigo, gorro, guantes, bufanda y botas, salió. El viento había amainado, la nieve seguía alba, pulcra, sin hollar, sólo sus pasos iban dejando rastros sobre la acera. Pensó en el niño sin cometa - A lo mejor no hay tal niño y es que alguien ha lanzado un deseo al viento - Pasó un autobús, no sabía a dónde iba, pero no le importaba, se subió.
Una joven leía un periódico, dos señoras detrás de ella comentaban despiadadamente sobre sus nueras, una madre con un bebé en un carrito y otro niño de la mano intentaba adentrarse en el autobús, el niño al pasar a su lado la miró y entonces Carmen le hizo una pregunta. - ¿Has perdido una cometa?- El niño le sacó la lengua y siguió empujado por su madre, tres jóvenes vestidos de oscuro con carpetas bajo el brazo - Seguro que son testigos de Jehová - pensó Carmen. Gente anónima y variopinta, gente que la había esperado como la mañana, las calles, la nieve. A Carmen le entraron unas ganas irrefrenables de cantar, pero no de canturrear para sí misma, quería cantar fuerte, alto y se lanzó diciendo - Mi voz es una voz que no consigo callar - y cantó -"Estas son las mañanitas que cantaba el rey Daviiiid" - Se hizo un silencio de cementerio pero Carmen siguió - "Con ese lunar que tienes cielito lindo junto a tu bocaaaa" - Se levantó del asiento sin dejar de cantar y gesticulando animó a la gente a que la secundara, unos segundos más tarde todo el autobús cantaba: - "no se lo des a nadie cielito lindo que a mí me tocaaaa"- La joven del periódico propuso – Cantemos: " Mírala, mírala, mírala, mírala, la Puerta de Alcalá". - Una de las señoras mayores se arrancó con un cuplé -"Pisa morena, pisa con garbo que un relicario..." - La gente que subía al autobús se iba uniendo al improvisado coro. Cuando llegaron a la parada final Carmen se bajó, miró a su alrededor y vio caras sonrientes que con sus miradas le decían:
- Ha merecido la pena esperarte.
Volvió a su casa andando, chapoteando la nieve que ya no era tan blanca, volvía a nevar y apresuró el paso. Al llegar a su casa el teléfono sonaba, era su marido.
- Carmen, cariño, ¿cómo estás, estás más animada?
- Sí, sí estoy muy bien, sólo un poco afónica, quizá haya sido el frío de la mañana.
María Cruz Quintana
01/03/2011